Bajo el faro de Avilés, donde la Ría se rinde al Mar hay un rincón de piedra y sal, justo donde la ría de Avilés se abre paso para perder el nombre y convertirse en océano. Allí, bajo la mirada eterna y blanca del faro, el tiempo se detiene en blanco y negro. No hacen falta colores cuando la luz lo dice todo.

Los pescadores, estatuas de paciencia, lanzan sus hilos al abismo como quien echa raíces en el agua. Esperan en silencio, suspendidos entre la espuma y la penumbra, siluetas recortadas contra el infinito.

Los contempladores del ocaso, figuras místicas que acuden cada tarde al borde del mapa, buscando en la línea del horizonte una respuesta que solo el mar sabe dar. El sol se oculta, pero en el contraluz, sus almas quedan encendidas.
Y las miradas fijas en los barcos, que entran y salen rompiendo el espejo de la ría. Ojos que viajan sin moverse del muelle, despidiendo al que se va, soñando con el regreso del que viene.

Un contraluz donde el mar abraza a la ría y el ser humano, en silencio, solo aprende a mirar.